Un dia con Enzo ....

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Un dia con Enzo ....

Mensaje  Sfera el Mar Dic 07, 2010 12:31 am

Da la casualidad de que tenia que pasar por la ciudad llamada Rune, nada importante, solo un comercio pendiente con un viejo conocido. En esto que me dirijo a dicha ciudad. Extrañamente había poca gente por las calles.
Ya que no conocía bien esa zona, había estado solo cuando era una niña, me dispuse a entrar en la taberna más cercana (si quieres información es el mejor sitio) no es que sea un lugar agradable para una dama, pero me defiendo bien a la hora de obtener información y más si tienes una gran bolsa llena de monedas colgada del cinto.

Me plante delante de la mugrienta taberna, mire hacia arriba y leí el penoso cartel que colgaba de una de sus bisagras, “El cerdo hambriento” (realmente no se, si el cerdo era el tabernero o los que comían ahí, habría que averiguarlo).
Dentro solo se escuchaban voces sin sentido, y un sinfín de golpes (algo no muy extraño en una taberna). Justo cuando me dispuse a abrir la puerta un crujido y después un sinfín de cristales rotos estallaron a mi derecha. Un tipo desaliñado y gordo volaba por una ventana. No salía de mi asombro. Cuando pude recobrar la conciencia y darme cuenta de lo que realmente pasaba, la puerta de la taberna se abrió de un portazo y como 3 o 4 hombres ensangrentados, con la pechera medio rota, me atrevería a decir que incluso con los pantalones hechos jirones, salieron despavoridos calle arriba.
Eso ya no era tan usual en una taberna…
Esquive la sangre del suelo, que por cierto estaba por todos lados, y me adentre en la oscura taberna.
Todo estaba patas arriba, las sillas, que se esparcían por todos lados, estaban hechas astillas, las botellas de vino que estaban rotas y por la sangre que colgaba de sus puntiagudos filos, podía intuirse que habían servido como armas punzantes. Incluso el tabernero que yacía inconsciente o muerto quien sabe, era difícil de averiguar por estado en el que se encontraba, yacía apoyado en el mostrador con un brazo colgando hacia abajo y el otro en una posición que, de no estar muerto, le dolería durante mucho tiempo.
Y cual fue mi sorpresa, que en mitad de la habitación revuelta, se encontraba un personaje ataviado con una armadura llena de sangre, sangre que no era suya. Tenía el pelo grisáceo, sus ojos eran penetrantes y en su mano derecha solo tenía tres dedos.

¿¡ENZO!?

No podía creérmelo, todo este lío lo había creado él. Mire a todos lados, en busca de algún compañero de batalla, pero solo estaba el, hay parado, en mitad de la fría sala, con su escudo abollado y su espada ensangrentada. Ni un millar de huracanes podrían haber revuelto tanto la estancia y permanecer tan impasible.

Lo mire y el solo me dijo:

Vámonos.
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